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La Luz – La Fotografía en la Era Digital

Hace varios años leí en un hermoso libro de David Parkel un texto anónimo: «una fotografía nace en el momento en que el fotógrafo decide salir a la calle con su cámara en el bolso«. Vivimos la era digital, el avance capitalista sobre la intimidad de las personas, el tejido comunicacional creciente, inmenso y globalizador que necesita que cada uno de nosotros posea un dispositivo individual y accesible y en el bolsillo, la predominancia de la imagen en los discursos hegemónicos. La astucia del poder suma a todo este andamiaje la pequeñez de una cámara fotográfica adosada a todos los innúmeros vértices de la red que comienza y termina en cada uno de los que acceden a la tecnología y desvanece en casi la nada aquella afirmación anónima sobre el origen de la intencionalidad fotográfica.

Pero antes, antes de Parkel y su bellísimo y pedagógico libro, antes de la magia que produjo la revolución tecnológica, antes de que la fotografía fuese un instrumento de los dispositivos de control social, antes de que la transmisión de los acontecimientos hiciese necesaria la producción de imágenes como testimonio, antes de que el instante cobrara esa repentina importancia a pesar de disolverse en la nada con igual velocidad, antes de que Vivian Maier decidiera pasear a los niños que cuidaba en Chicago por los lugares más extraños de la ciudad con su RichoFlex o alguna cosa similar y sus películas cuadradas que revelaban la majestuosidad de la mirada del ignoto, antes de que Eugene Atget saliera con su cámara a las calles de una París que no se decidía a ser vieja o a ser joven, antes, antes de Daguerre, antes de todo lo que sabemos sobre la fotografía, antes, ya el geranio cabalgaba la vida al compás del sol, ya cada cosa que vivía había decidido, en un sentido completamente amorfo y desvinculado de la razón, hacer caso de la luz, tomarla como alimento primordial y entenderla como productora de vida, ya la luminancia decidía sobre los antiguos la dirección de los vientos y de las marcas en el tiempo de las semillas incrustadas en la tierra. El azar de la existencia nos ubicó en un mundo de luz. La estrella que nos somete a su entera gravedad nos dice las cosas de los ojos. Antes, antes de que exista la palabra que la nombre, ya ella, esa marea incondicional de vapores solares nos determinaba la vista, nos enseñaba acerca de las sombras.

Fotografia de Facundo Floria, palomas sobre semáforo en blanco y negro.


Y durante, en esa discordancia del pensamiento de los alejados de la ciencia, en esa interrupción del camino de los fotones hacia el infinito, en cada fenómeno prismático producido por la intersección con lo transparente de bordes oblicuos, en cada superficie opaca que transforma lo blanco en verde, en cada parte del espectro registrable, ahí durante, en medio de la caída de los muros, en el centro de todos los espectáculos que pudimos concebir como belleza, atrás, sí, atrás de cada construcción magnánima con ansias de futuro, ahí, inherentemente, estuvo la luz.


El mismo u otro azar me puso a existir en Buenos Aires allá por 1980. Para entonces mucho había sucedido bajo el sol. Mi viejo ya había disfrutado de entrenarse los ojos mirando a través de la diminuta ventana de una Pentax que a veces sacaba y seguía disfrutando. Yo la aprendí como se aprenden las cosas de niño, con un saber apenas rozado por la palabra. Había álbumes y álbumes en casa, flores y mi vieja, cielos espectaculares, casamientos, bancos de plaza conmigo adentro de la panza, registros y registros, conmociones de la luz en el papel que la experiencia de mi viejo había sabido esconder del olvido intensivo del instante.
Tuve un maestro, que hizo con la herencia un inicio. Mauro Del Río, porque hay gente que merece tener nombre, me prestó el libro de Parkel y me dijo mirá esto, mirá aquello, acá hay un botón así y una ruedita que hace esto y pasa aquello, hay gente que prefiere ver de esta forma y otra que prefiere lo contrario, hay fotógrafos. Y había. Y tuve entre las manos la primera máquina, esa Fujifilm usada con la que entendí cabalmente una intuición anterior de máquina prestada, entendí un cauce estético, que esa anciana luz en sus innumerables rebotes y transformaciones se puede interceptar con un conjunto de vidrios curvilíneos paralelos. Agradecí entonces la lucidez del botoncito que desobtura y me dirigí con rapidez a buscar los intersticios del tiempo y del espacio en los que vale la pena.

Fotografía de Facundo Floria, luz blanca y colores amarillos y naranjas.


Salgo a la calle todos los días. Amo los cables que cruzan los cielos de la ciudad, las sombras, los subterráneos, las interminables formas de las nubes, las hendiduras irregulares de lo concreto, las palomas y casi todo lo que vuela, la geometría no euclidiana que pone lo paralelo a converger en un punto fenomenal, la inevitable diferencia de luminosidades, la mirada única de los ojos de Gabriela, los gestos extraños de los poetas, las intersecciones, lo fantástico que reside en cada esquina, la firme convicción de que a todo punto del mundo, desde algún lugar inédito, llega siempre la belleza.
Vivimos acá y ahora, en una época en que todo se disuelve rápidamente en la nada. La imagen se va transformando en la herramienta preferida del poder. La facilidad, la democratización de los instrumentos de captura de la luz banaliza la fotografía, la vuelve un cúmulo de habitualidad y de registros efímeros que intentan demostrar la existencia individual de los usuarios a cambio de regalárselas a las empresas dominantes de los mercados sociales que las venden a las instituciones de control. Eso hacemos hoy con la imagen, registramos todo lo que hacemos y regalamos información. Será entonces nuestro deber, el deber del fotógrafo, de la fotógrafa, de cualquiera que posea la máquina transformadora, ese dispositivo que hereda la magia química de los haluros, sentarse, caminar, mirar para arriba, para abajo, andar y andar el vasto mundo para acercar al otro una sabiduría, la de que acá, donde fuimos arrojados y condenados a la vida, hay que abrir los ojos no sólo para transformar el mundo en un número, sino para revolucionar el sentido de lo visible, como hace la poesía con la palabra, demostrar que esto también es nuestro, que tener ese dispositivo también es poder arbitrariamente decidir qué vale la pena, poder romper el recorrido aburrido de todos los días abriendo en el paisaje una grieta de la que brote el detalle o la configuración inesperada que se plasme en el rectángulo autoritario de la ventanita que nos permite ver el mundo como podemos, poder saber que la verdad no es el bien más valioso de la fotografía, sino decidir qué es lo que le vamos a decir al otro que nosotros miramos, poder decirle al otro cómo miramos, poder decirle al otro que lo miramos, poder decirle al otro que también puede mirar, que afuera está lleno de luz.

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